Alegría no quiere ser como su madre. Ha crecido al borde de un abismo y se aferra a sus estudios y a su trabajo para no caer en él. Pero llega Mario, criado a base de golpes y humillaciones, tan fuerte y a la vez tan frágil. Abraza como un rosal, que huele bien y se clava en la piel. Al primer pinchazo, Alegría intenta zafarse, pero el rosal se ha transformado en zarza. Ya no sabe salir. Ese mundo nuevo —de camaradería adolescente, tardes en la piscina y descubrimiento del sexo—, se convierte en prohibido porque a ella ya no le corresponde mundo alguno: ella ya es sólo un elemento, una posesión más, en el mundo de Mario.
No recuerdo haber leído nada así: es un golpe directo al estómago y, a la vez, un canto a la esperanza.
María Dueñas
Miguel Ángel Carmona del Barco construyó la voz de Alegría tras un largo proceso de inmersión que le llevó a entrevistar a once mujeres víctimas de violencia de género. Con una prosa luminosa, magistral, directa y vehemente, recrea con una fidelidad hiriente la génesis de una relación de maltrato. Nosotros, impotentes, como vecinos que escuchan tras un tabique, sólo podemos asistir a la lucha desigual y esperar, página tras página, a que la presa se reconozca como tal y escape.
Alegría es una novela que, como la vida, está repleta de esperanza.
Óscar López. Página Dos TVE
«Alegría» obtuvo el XXIV Premio de Novela Ciudad de Badajoz, otorgado por un jurado compuesto entre otros por Fernando Marías, Luis Alberto de Cuenca, Paloma Sánchez-Garnica y Juan Manuel de Prada. En el fallo se destacó la inmensa fuerza narrativa de su protagonista, un personaje real y potente, que hace de «Alegría» una novela de ficción pensada para ayudar a entender la realidad.
Tengo la convicción de que este libro va a ser importante.
Fernando Marías

«Alegría» no fue una novela escrita pensando en un público juvenil. Sin embargo, la novela se ha ido labrando su propio camino y ampliando su base lectora, entrando en los planes de lectura de quince centros educativos, fundamentalmente en los cursos de 1º y 2º de Bachillerato.
Hemos elaborado una guía de lectura para que los docentes puedan trabajar en el aula con el alumnado, tratando temas cruciales, como las dinámicas de control en la pareja, el consentimiento, los mecanismos de autojustificación del maltrato, la idealización del amor romántico y del sufrimiento en las relaciones y el buen trato.









Os hemos abandonado. Como sociedad, no nos importáis. Esa es la única realidad. Apenas logramos conmovernos con la idea de vuestros hijos huérfanos y vuestras madres rotas. Vuestras muertes no significan nada para nosotros.
Tal vez, individualmente, a cada uno de nosotros por separado… puede que sí. Y, por supuesto, sí que les importáis a los profesionales que integran la red de protección a las víctimas: a vuestras trabajadoras sociales; a vuestras agentes de igualdad; a vuestros policías de protección; a vuestros psicólogos y psicólogas… Sois su trabajo. Pero, ¿para el conjunto de la sociedad? Lo siento: sois irrelevantes.
¿Eurovisión? Importa. Mucha gente hablaba esta semana de Blanca Paloma, de sus posibilidades, del formato del concurso, de por qué siempre los nórdicos son favoritos. ¿La medida estrella de Ayuso contra el cambio climático: poner una planta en cada balcón de Madrid? Importa, y mucho. Todos queremos saber los detalles, incluso aquí en Extremadura. ¿El fantasma de ETA en el Congreso, invocado por la ouija del PP? ¡Es crucial! No hay nada más importante en este país que alimentar la caldera de los odios ancestrales, sobre todo en campaña. La sequía, la eliminación del Madrid de la Champions, la enésima rueda de prensa de Nadal diciendo que no jugará este torneo… De todo eso se puede hablar en el ascensor, en un encuentro fortuito con un conocido, en la comida del domingo con tu cuñado, en el bar con la caña en la mano. Pero, ¿sobre vosotras? No, lo siento. A quién se le ocurre. No tenéis lugar en la agenda.
Y os hablo a vosotras, a la 16, la 17, la 18 y la 19, porque os tengo más a mano, porque vuestros cuerpos están aún calientes y tal vez andéis todavía por aquí, entre nosotros, contemplando cómo la vida sigue como si no os hubieran asesinado, a las cuatro, en una semana, vuestras parejas o exparejas. ¿Qué sentís cuando escucháis nuestro silencio? ¿Qué sentís cuando nos veis, idiotizados por los marcos informativos de los medios, por los relatos vendidos por los partidos en campaña, por el culto a la banalidad y a la estupidez y a la indolencia? ¿Duele? ¿Duele más que las puñaladas o los golpes o los disparos?
Por ejemplo, tú, Lourdes, que con 50 años, dos hijos, una de ellas adolescente, quedaste sentada en un banco con un tiro en la cabeza, a un metro de tu asesino que se suicidó segundos después, que ibas a trabajar o venías de la compra, ¿qué sientes al constatar que tu lucha diaria por construir una vida nueva y dejar atrás la pesadilla que viviste con él no ha significado nada para el mundo: que has perdido; que, al final, ha ganado él, y que a la sociedad en la que vivías le da igual?
Y tú, Arantxa, la 17, 31 años, asesinada a cuchilladas en tu casa por el tipo al que querías dejar, que huyó, pero, antes, cerró la puerta con llave para que los vecinos no pudieran ayudarte, que te desangraste apretándote fuerte el vientre donde gestabas a tu primer hijo, ¿te imaginabas este silencio, esta indiferencia?
Y tú, María, la 16 del 2023, la que más de un medio ha tenido la ocurrencia de clasificar también como la 1200 desde 2003, como si fuerais followers en el Twitter de la muerte; que tenías 40 años y llevabas meses intentando separarte de tu marido y que, el 12 de mayo, hace poco más de una semana, te llevaste un número indeterminado de cuchilladas precisamente delante de tu hijo de trece añitos. El niño echó a correr para pedir ayuda y tu asesino se encerró en casa contigo, y la policía tuvo que tirar la puerta abajo para entrar. En ese tiempo, te desangraste allí a su lado, sabiendo que, al final, perdiste, que te ganó él. ¿Qué sientes ahora, al saber que a nadie, salvo a tus amigos y familiares le importa un comino tu muerte?
Y tú, Paula, la 19, 28 años, tres niños, uno de ellos con tu asesino, la cuarta asesinada en siete días: mismo modus operandi. Tu pareja se encierra contigo en el piso y te apuñala y después atranca la puerta para asegurarse de que, cuando lleguen, cuando tiren la puerta abajo, estés muerta. ¿Qué le dirías mientras aún te quedaba aliento, mientras la sangre manaba a borbotones de tus heridas? ¿Le pedirías que cuidara de tus hijos, que no les hiciera daño, se lo rogarías: por favor, te lo suplico, a ellos no, criaturas, no tienen culpa de nada? Y, ahora, qué piensas de nosotros, que aquí estamos: pendientes de las cuatro imbecilidades que los medios extraerán de los mítines del día y que convertiremos en argumentarios para reconfirmar nuestros sesgos ideológicos; que volveremos a quejarnos en la caja del Mercadona de que por lo mismito que ahora me gasto en tres bolsas, antes me llevaba un carro; que vamos poco a poco interiorizando el discurso de la extrema derecha y asumiendo que, tal vez, tengamos que renunciar al término feminismo en pos de la paz social porque, total, si la palabra ha cogido mala fama… pues la cambiamos y ya está, o la callamos y ya está.
Hoy pienso en vosotras y deseo más que nunca que no haya nada después de la muerte para que no podáis comprobar con vuestros propios ojos lo poco que nos importa la vuestra; la absoluta falta de moralidad que hilvana nuestras rutinas.
Sin embargo, esta carencia de fe en el más allá no salvará a vuestros huérfanos, 21 en lo que va de año, de crecer en este mundo sabiendo que sus madres murieron en medio del silencio más atronador, humillante e incomprensible jamás infligido a una víctima.
Artículo publicado en El Periódico de Extremadura, el 21 de mayo de 2023.
M. A. Carmona del Barco
La vida de las niñas se ha convertido en un cursillo constante de autodefensa y muchas adolescentes están hartas. Así me lo hacían saber el otro día en un instituto valenciano, en el que cuatro cursos de Bachillerato habían leído mi novela «Alegría». Las campañas de concienciación se han centrado durante años en darles indicaciones para prevenir una relación de maltrato; pautas para reconocer si están inmersas en una, y estrategias para ponerles fin. El público objetivo de estas campañas han sido, con contadas excepciones, siempre ellas, como si fuera suya, al fin y al cabo, la responsabilidad última de convertirse en víctimas.
Sin embargo, la única estrategia efectiva para evitar que las niñas se conviertan en víctimas es impedir que los niños se conviertan en maltratadores. Es imprescindible un cambio en el foco de las estrategias de prevención, desde ellas hacia ellos. Pero, para eso, debemos perder el miedo a utilizar públicamente el verbo «comprender» asociado al papel del agresor. Comprender no es justificar: es entender el punto de partida del niño y los mecanismos que operan en su construcción personal; es conocer el contexto en el que este toma sus decisiones y, especialmente, los factores sociales y estructurales que determinan este contexto.
No se trata de eximir al agresor de su responsabilidad, penal y ética, sino de ser capaces de comprender cómo se gesta ese rasgo o conjunto de rasgos de la personalidad que permite a un hombre considerar a la mujer un elemento de su propiedad, con potestad para tutelarla, castigarla, y negarle sus derechos inherentes a su condición de persona, incluido el derecho a la vida.
Si hacemos ese camino, nos encontraremos fundamentalmente con dos puntos de partida: el del niño que fue, a su vez, víctima de la violencia en su infancia, y el del que se crió en un entorno libre de esta violencia, al menos aparentemente. Es difícil encontrar cifras fiables de qué porcentaje representa el primer grupo del total de agresores, pero sí que hay estudios de cuántos de estos niños, al crecer, reproducen los comportamientos aprendidos durante su infancia, y que se sitúa en torno al 50%.
Esto abre dos vías de trabajo con este grupo: el estudio de las capacidades resilientes que permiten a una mitad crecer sin que las consecuencias de esa violencia determinen su capacidad para construir relaciones afectivas sanas, y el análisis de las estrategias y políticas que podrían influir en ese proceso de construcción de agresor en ciernes, que se gesta en la otra mitad. En ambos casos, y tras ese proceso de estudio, podrían articularse campañas de prevención centradas en el niño y el adolescente.
Pero para eso debemos asumir que, durante ese análisis, habrá agresores a los que deberemos considerar que fueron víctimas en su infancia y, con ello, también nuestro fracaso para detectar, acompañar y guiar a esos niños en su construcción como individuo. Y esto no los eximirá de su responsabilidad ni podrá aceptarse como justificación alguna de sus actos, pero sí que contribuirá a sacar a la luz las carencias de nuestro sistema de protección y tutela de menores, desde los precarios servicios de orientación en el sistema educativo, hasta los centros de internamiento, pasando por los insuficientes equipos de los servicios sociales.
Centremos por lo tanto nuestros esfuerzos en que los niños no lleguen a convertirse en maltratadores, sin dejar de atender las necesidades de niñas y jóvenes, pero lanzando un mensaje claro: sin agresor no hay víctima.
Artículo publicado en El Periódico de Extremadura, el 25 de noviembre de 2022
M. A. Carmona del Barco
Cada generación tiene un hallazgo a su alcance. El de la nuestra será comprender qué significa ser mujer, y creo que aproximarse a ese misterio es lo más apasionante que puede hacer un hombre hoy en día.
A medida que el feminismo se revela como la única ética humana posible para garantizar la convivencia entre hombres y mujeres y el progreso social en el siglo XXI, las certezas en las que se basaba el propio concepto de hombre también se desvanecen, y surgen nuevas oportunidades de construcción identitaria. Nos han contado un montón de mentiras sobre nuestra hipotética valentía innata, sobre el sexo y el uso de la fuerza bruta; sobre nuestro deber de proteger y proveer a la familia y nuestro buen juicio para los asuntos públicos, y nos las hemos creído por ignorancia, ingenuidad o interés. O tal vez no nos las hemos creído pero tampoco las hemos discutido porque estábamos en el centro de esa espiral del silencio que propugnaba Elizabeth Noelle-Neuman, que lleva a las personas que no comparten la opinión mayoritaria a callar por miedo al aislamiento social. Y porque, al fin y al cabo, aunque algunos no nos sintiéramos identificados —no queríamos ser violentos, no éramos sementales, y teníamos emociones que expresar, debilidades que reconocer—, nuestra posición de privilegio —en muchos casos no percibida— no nos invitaba a la revolución.
Pero en estos años, el reconocimiento de cada una de mis debilidades se ha convertido en mi mayor fortaleza y, en ese camino, me he encontrado muy cerca de lo que significa ser mujer, y me he topado, felizmente, con muchos hombres hartos de aparentar una virilidad que detestan y que, al desprenderse de la máscara, se han desprendido también de la venda. Y me he sorprendido admirando a boca abierta, no a la mujer como un ser sobrenatural y divino, sino a las mujeres de carne y hueso que me rodean: sus luchas y sus miedos, sus capacidades y sus taras, sus alas y sus cadenas. Y también he reconocido, con asombro y tristeza, grabado en algunas de esas cadenas —en letra pequeña, como si fuera la marca de fábrica— mi propio nombre.
Nunca me había sentido tan cerca de mis hijas, de mi pareja, de mi madre, de mi hermana, de mis amigas. Compartir con ellas estos años de lucha me ha hecho descubrir lo esencial que nos une y lo cultural que nos separa y, por fin, identificar mis privilegios para desprenderme de ellos o para pelear por ponerlos a su alcance.
Puede que la mejor definición de «mujer» la diera la exministra de Justicia de Ecuador, Rosana Alvarado, en sus años de asambleísta en un debate sobre el aborto: «las mujeres», dijo Alvarado, «somos mujeres».
Y para que entendamos en qué se basan nuestros privilegios como hombres, tenemos que preguntarnos qué lleva a una mujer a exigir, como un ideal, que no se la adjetive, que no se la califique, que se le reconozca su derecho a ser simplemente una mujer. Y no es fácil entenderlo porque es un logro del que nosotros partimos: un hombre es un hombre, y esa ausencia de adjetivos en nuestra definición encarna nuestra libertad para construirnos a nuestro antojo. El hombre no se esculpe para encajar en un molde: la mujer sí.
Y por eso cuando una mujer destaca en un campo —la ciencia, el arte, la política, el deporte—, lo que le interesa a algunos sectores de la opinión pública es, en primer lugar, cómo ha compatibilizado su carrera con la maternidad, con el cuidado de su cuerpo, de su imagen. En definitiva, cómo ha hecho para encajar en el molde de mujer a pesar de todo.
Las mujeres necesitan libertad para construirse al margen de los adjetivos que la tradición ha reservado para ellas y, a la par, los hombres necesitamos asumir el reto de definirnos —de concretarnos y autolimitarnos—, porque no somos todo lo que existe del mismo modo que el relato blanco occidental judeocristiano de clase media no es el único relato sobre el mundo. El hombre ha ocupado el espacio conceptual de la Humanidad hasta el punto de que, a la Historia de la Humanidad, se le sigue llamando hoy en día Historia del Hombre.
Y, curiosamente, será el feminismo lo que nos permita conocernos de verdad —averiguar al fin qué significa ser hombre—, ponernos frente al espejo. Pero hay que estar preparados para que no nos guste lo que veamos. Y es el miedo a ese reflejo, el miedo a que el espejo nos devuelva el rostro de un monstruo, lo que hace que una parte de la sociedad siga rechazando el feminismo.
No son las proclamas del 8M lo que asusta a los hombres y mujeres que sujetan el mástil del patriarcado como los soldados de Iwo Jima hacían con su bandera. Es el vacío que les provoca ser conscientes de que han construido su identidad sobre un montón de mentiras. Pero deben saber que, de este lado del espejo, se abre un camino apasionante de unidad, de sororidad y fraternidad. De este lado está el hallazgo de nuestra generación: descubrir qué significa ser mujer y descubrir qué significa ser hombre para poder vivir en igualdad.
Artículo publicado en el diario Hoy, el 8 de marzo de 2021
M. A. Carmona del Barco
El peligro de contar las mujeres asesinadas es que el número final deja fuera a todas las que sobrevivieron. ¿No son víctimas entonces? Periodismo de datos, lo llaman —como si pudiera haber un periodismo sin ellos—: tantos inmigrantes muertos en este naufragio, tantos fallecimientos hoy por COVID, tantas mujeres «perdieron la vida a manos de sus parejas» en 2020. Números para comprender la magnitud del desastre, pero no palabras para entender su profundidad o, peor aún, su cercanía.
Las historias de las asesinadas se amputan para que la fórmula quepa en un tuit, en un bloque de texto, en 300 palabras, en 150 palabras. Y si no hay espacio para las historias de las muertas, dónde colocar entonces las de aquéllas que sobrevivieron: no te quejes que tú por lo menos lo has contado.
No te quejes, víctima superviviente. Ahora eres un ejemplo a seguir, así que trágate tu pánico a encontrártelo por la calle, a que empiece a salir de permiso, a que vuelva a quebrantar la orden; agarra a tus hijos —y da gracias a que los tienes—, y peregrina de administración en administración, de recurso en recurso: de Cáritas a los servicios sociales; de la psicóloga a la Casa de la Mujer; de la jefa de estudios —porque al mayor ya no hay quien lo meta en vereda— a la profesora de apoyo —por el TDA de la chica—; del SEXPE al SEPE y de ahí al abogado, porque —es que no me sale una derecha— me quieren contar la pensión en las rentas y hace un año que no me la pasa.
Busca trabajo, da igual de qué, y no pongas de excusa que no tienes con quién dejar a los niños, que hijos tenemos todas, oye, y aquí estamos, dando el callo. Y fórmate, no dejes de formarte, porque limpiando casas no vas a estar toda la vida, aunque lleven cinco, diez, quince años, a lo mejor desde pequeña, diciéndote que eres tonta y no vales para nada. Ahora, sí, ahora o nunca, conviértete en una mujer que, de la noche a la mañana, tiene la autoestima por las nubes y se pone retos inalcanzables y, aún así, los cumple.
Haz todo eso, mujer superviviente, y no te quejes nunca de haber sobrevivido —eso sí que no—, porque entonces no encajarás en el relato. ¿Que qué relato? El nuestro: el único que importa. Necesitamos que encajes en nuestro relato, ¿comprendes? De nuestro relato depende nuestra paz, nuestro sueño profundo por las noches, la tranquilidad de nuestra conciencia.
Sobre todo, sé ejemplar para que se nos pueda llenar la boca al hablar de «esas mujeres valientes que, a pesar de haber vivido la barbarie de la violencia de género, salieron adelante gracias a su coraje y su valentía». No, no desfallezcas. No lo hagas, al menos, no en público. No nos llores en los despachos. No me digas que no puedes. No quiero escucharlo. Tú solita has llegado a esta situación y ahora debes saber salir de ella. Vuelve cuando lo hayas entendido. Vuelve cuando hayas comprendido tu lugar, no ya en el mundo, sino en nuestro relato, que es lo que importa.
¿Que cuál es tu lugar? Te lo digo: tú fuiste una víctima pero ahora eres un ejemplo. Asúmelo. Los ejemplos no flaquean. Deberás ser una madre perfecta aunque crecieras en una casa donde la violencia ya presagiaba cómo sería después el hogar en el que crecerían tus hijos. Deberás ser una madre perfecta aunque yo, que me he criado rodeado de cariño y atenciones, no sea ni de lejos el padre perfecto. ¡Levántante de la cama!, aunque el trastorno de estrés postraumático te haga pasar las noches en vela reexperimentando las amenazas, las palizas, las humillaciones; aunque el cuerpo, ahora que has conseguido sacarlo de tu vida, haya sucumbido después de tantos años en alerta y no puedas ni moverte. No me cuentes tu historia. No me cuentes tu historia, que historia tenemos todos.
Y ahí vamos nosotros, obedientes, a titular con el número de muertas y a sumarle una columna más a la gráfica interanual, mientras miles de mujeres a nuestro alrededor compiten en esta carrera de obstáculos —que es ya la vida de por sí— con un peso insoportable sobre sus hombros.
Tal vez, si las ayudáramos a narrarse, si aceptáramos que tienen derecho a construir su propio relato: a no ser ejemplares, a caerse y no querer levantarse, a llorar y a no llorar, su peregrinaje sería igual de largo pero eliminaríamos de ese pesado equipaje la carga de soledad e incomprensión que no puede descomponerse en números, pero sí puede descomponerse en palabras.
Artículo publicado en el diario Hoy, el 8 de marzo de 2021.
M. A. Carmona del Barco
Entrevista en el diario Hoy, el 9 de noviembre de 2020
